Embriagate. Una vez deshauciado de toda moral inherente a la razón, quédate callado para luego romper lo taciturno del silencio en palabras llenas de sonrisas,lágrimas, vino y cualquier otro líquido.
Fija tu corazón; una vez atado a tu pecho trata de sentir tu palpitar mientras la brisa que podría llegar de algún ventanal, persiana o el propio hálito de querer sentir el viento, te llene de recuerdos. Siente.
Imagina las consecuencias, preocúpate. Ponte en ese lugar dónde los ayeres no importan, dónde el mañana está teñido de luminosas esperanzas y divisa tus próximas alegrías. Ahora sí, sonríe. El traspatio de una melodía que se escucha aquí o allá debería de envolverte en sus placeres, ya la duda ha de aparecer.
Jamás dije que clase de duda y cuándo digo ésto quiero decir esa minuciosa pregunta que parece sencilla y al final nos corroe con desvelos por la noche y quereres oníricos mientras el sol camina en el cielo. Quiero decir esa duda que llena vacíos y desesperanza, la dichosa pregunta que nos invita a quedar congelados en el arte del amor. Esa pregunta que melancólica e incierta, también nos da nuevas prioridades y futuros a escoger, la duda del amor.
Es decir, un te amo que vibra en los labios, un te extraño que se siente en la garganta, un te quiero que despoja cualquier superflua pertenencia para sólo hacer espacio en nuestra persona a esa mirada en especial.
Éstas son mis instrucciones para caer en un mar de reconfortantes dudas, es decir duda de cuánta extensión de cariño podemos corresponder.
Ésa es la mejor duda.
No hay comentarios:
Publicar un comentario