Hoy no espero nada. A lo mucho esperé dejar de beber en reuniones, en mis soledades a mediodía y en mis nocturnos a claro de luna. No lo cumplí. Debo decir que hoy carecí la ausencia de Sharon más que otros días, me sentí con ese frío que no sentía hace mucho. Caminé a manera de recordar en el cielo las tantas historias que juntos pasamos con la misma bodega celeste pintada de azul marino, veía los peatones y me figuraba de tu rostro para hacerles más agradables. Las luces, esas luces: ¡Cómo me recuerdan a ti! A mi recuerdo llegaban vagas ráfagas de imágenes enclaustrando anaranjadas luces que sólo se limitaban a hacer contraste con esas románticas películas americanas. También me acordé hoy de tu sonrisa, de cómo puede iluminar mi vida.
Veía mi sombra cómo se estiraba a distancia del pavimento y cómo de repente mi vida venía siendo sólo una sombra en el pavimento. Recordé que estoy solo en un mundo de tantas dualidades: El cielo con su bienaventurada tierra, la taciturna noche con su parcela de verdades en el día, lo bueno de una noticia en tiempos de cólera y lo malo del pesimismo encarcelado en rutinas. Un Dios omnipotente que parece regocijarse de tragedias, alegrías y otras historias de triste procedencia haciéndose dúo con un demonio que no parece estar a menos altura que en la que estamos todos... inválidos de sagacidad y sonrisas dignas que inmortalizar. Dualidades cómo hasta hace poco me venía dibujando entre corazones con los nombres nuestros que ahora vemos deshacerse cuan arena en el viento pasa.
Éste es mi diciembre, mi comienzo a una larga racha de embotellamientos bajo los edredones de la noche al vacío, las lágrimas por la mañana en silencio para no alertar, los indiferentes gestos y las módicas cantidades de verdaderas miradas que pueda regalar a alguien. Es un preludio del fin de año, una tragedia prevista a 500 días, un fin que se podía divisar aún con los latidos del corazón atados a la razón gélida propia de mí.
Mi diciembre, mi hecatombe de esperanzas regadas por la acera. Hoy no quiero más que sentir lo amargo, lo que me haga sentir aunque sea sólo en mi garganta. No quiero ser, sino solo, un pequeño suspiro que se termine al despertar.
No sé cuánto pueda vivir, con éste diciembre que ya duró 10 meses.
Creo que finalmente comienzo a delirar.
Con mórbidos recuerdos encontrados
con inertes emociones perdidas
con falsas esperanzas de cinco minutos
con el precisar de una botella que me haga compañía
con la noche, que parece no acabar.
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